Memorias de un niño en Las Peñas

Las Peñas en la década de 1930.
Las Peñas en la década de 1930.
FOTO: Cortesía José Antonio Gómez Iturralde

Testo con vivencias y recuerdos de José Antonio Gómez Iturralde, nonagenario que vivió sus primeros años en este tradicional barrio de Guayaquil.

El barrio Las Peñas, génesis de la ciudad de Santiago de Guayaquil, en cuya playa de piedra el 25 de julio de 1547 y al mando del capitán Rodrigo Vargas de Guzmán desembarcaron los guayaquileños huyendo de los rebeldes pizarristas.

Para tener el dominio del horizonte se establecieron sobre el 'Cerrito Verde' (el cerro Santa Ana) para no abandonar jamás tan protegida posición. En este lugar situado en las faldas del cerro y a orillas del Guayas se formó el primer barrio de la ciudad.

Y la primera casa (1552) fue la del escribano real de Guayaquil don Diego Navarro Navarrete y Florencia, casado con doña Francisca Gutiérrez y Aguilar, que tuvo “una casa de piedra y adobo a usanza de Castilla situada en el barrio llamado Las Peñas”.

Durante mi infancia el vivir en su calle y espacio impregnó mi conciencia no solo de lo invalorable de las tradiciones y de la respetuosa fruición que me inspiraban los viejos y sus historias, sino que ahondó la raíz de los sentimientos cívicos y regionales, que moldearon mi guayaquileñidad como concepto de Patria.

El ámbito del viejo barrio fue el mejor lugar para acicatear la mente de cualquier niño, por poco imaginativo que fuese. Su vecindad con el cerro Santa Ana incitaba a la exploración; la evocadora Planchada exaltaba la mente con acciones heroicas realizadas en su defensa; la escalinata Diego Noboa, que accedía al Fortín, nos llevaba cerro arriba a participar del estampido de los cañones cuando sus salvas saludaban el amanecer de las fiestas patrias o el arribo de un buque de guerra extranjero.

En fin, la cercanía del río; el diario y febril cortejo de lanchas, balandras, chalanas, canoas, que provocaba cada cambio de marea. Los buques fondeados, que con sus sirenas llamaban al zarpe, nos hablaban de distancias, de otros mundos.

El Guayas de entonces era inmediatez y lejanía: brisa, tremor de árboles, vida sencilla, de campo, y a la vez sugerencia de amplitud marina, de horizontes abiertos, que movió una actividad generadora de riqueza, puerta abierta a las ideas liberales; dinamismo de construcción de nación, de navegantes, que hoy como fantasmas recorren un río solitario, vacío, sin vida...

Por las noches, el rumor de embarcaciones fluviales, de las aguas agitadas a su paso, y del pequeño oleaje que rompía sonoro en la playa de piedra, acompañados de las luces de navegación, risas de viajeros, gritos de marineros, modulaban la voz del río, que apagaba el escalofriante chillido de lechuzas, o el sospechoso crujir de maderas viejas, y como fieles compañeros del sueño atemperaban mis temores infantiles.

Foto: Archivo | et

El puerto de pescadores de Las Peñas, verdadero señorío privado de los Matamoros, desde donde muy por la mañanita cobraba vida intensa. Todo el clan salía en sus canoas para sondear las aguas con sus chayos en busca de corvinas, cazones, catanudos, bagres, que consumían y vendían en el barrio y sus cercanías para solventar el diario sustento.

La vieja Cervecería Nacional, que fundara Luis Maulme gemía con su cadencia de máquinas y resoplidos de vapor. Un pegajoso olor a cebada en fermento impregnaba el ambiente.

Su fábrica de hielo descargaba la producción, deslizando por un tobogán las 'marquetas' de cien libras, para conservarlas en el 'frigo'.

Su ubicación era un caso único en la historia empresarial guayaquileña, pues la continuación de su calle única, llamada Numa Pompilio Llona, era parte integrante de su funcionamiento. Los que por alguna razón teníamos que pasar por ella hacia el norte, podíamos apreciar todo el proceso de la cerveza, como si estuviésemos dentro de la propia fábrica. Sus trabajadores y obreros, sus técnicos cerveceros, checoslovacos casi todos, trabajaban a la vista del transeúnte y al alcance de su saludo.

La playa de piedra, hoy sepultada bajo el lodo, era nuestro campo de juego y 'coto' privado para la pesca de jaibas. Nos permitía correr por ella desde el límite de los Matamoros hasta el muelle de la Proveedora. Mil vericuetos, escondites, 'concilio' de travesuras eran los 'baños' de las casas ribereñas. La curiosidad que despertaban estos lugares húmedos, sumidos en una semioscuridad, era grande, sin embargo, solo los ladrones se internaban en ellos en busca de algo mal puesto.

Otro encanto del río se daba cuando la marea llena cubría toda la playa, y entraba bajo las casas hasta el fondo de los baños. Ese era el momento de la presencia diaria de don Poveda –todo un personaje– hombre de carnes magras, en una canoa tan angosta como él –tenía dos palmos– y al grito de “¡venados llegaron las yerbas!” de casa en casa frente al río, y con atiplado tono, voceaba: “tomates de vega, achochas, verduras, vainitas tiernas, fréjol de palo”, “maduros y verdes, yuca y zapallo, perejil, culantro y hierbabuena; pimiento morrón para el patrón y piña para la niña”. Era única y encantadora esta oferta de trabajador informal.

Cuando terminaba la cantinela le venía un acceso de tos tabáquica, o a lo mejor de otra índole y, casi exhausto, arrimaba a las casas su alargada canoa. Desde lo alto de la ventana, atada a una piola tan larga como alta era la casa, descendía una pequeña canasta portando el dinero de la compra pactada a todo pulmón, de arriba abajo y de abajo arriba. “Un rial de todo” era el pedido.

Y la 'muchacha' subía los complementos del almuerzo de ese día, a los que agregaba la consabida 'yapa': un zapote o mandarina, una guaba o naranja, dedicada a ella, con los cumplidos galantes de quien entre zapallo y verdura, berenjena y choclo, coqueteaba proyectándose como aspirante a donjuán.

Lugares, motivos y rincones que incitaban al merodeo, a la averiguación, a la travesura, de aquellos que en el amanecer de nuestras vidas, nos descubrimos y conocimos jugando con las aguas del Guayas, con sus leyendas y sus peligros. Tantos apuros y trances pasamos que me temo que por casualidad llegamos a la edad adulta. Gratos recuerdos y añoranzas de entonces, que nos alegran hoy que empezamos a ser, a nuestro turno, también personas del pasado.

Foto: Archivo | et

Sus gentes tan diversas, gentiles y apegadas a lo guayaquileño. Figuras señoras, con abundante carga de años transitaban por su calle, trajeados sobriamente, en la forma que se hacía cuando vestir bien formaba parte del respeto al prójimo. Paso lento y cabellos canos; apariencia de lejanía y compás de espera. Viviendo lo postrero después de una vida entregada a la Patria.

Acunando recuerdos de juventud, del nacimiento y transformaciones de una nación en proceso de desarrollo y a lo mejor de autodestrucción.

Expresidentes y ministros, médicos y juristas; viejos montoneros de Alfaro (dueños de elevadas proezas y relatos heroicos), circulaban muy compuestos y dignos, reclamando sin expresarlo, una preeminencia que insinuaba la reedición de alguna crónica hazañosa protagonizada por ellos. Presencia de pasos pretéritos que imponían silencio entre los chiquillos. Se suspendía el juego y cesaba el alboroto. Era una forma de diario homenaje a quienes poco o nada debían a la vida o a la nación. Que sumaban una acreencia permanente a la admiración y al respeto, que estamos olvidando pagar. 

Uno de los domiciliarios más caracterizados del barrio –que no encaja en el tono de los descritos, pero que llevo impreso en mi memoria– fue el joyero don Lino; es lo único que recuerdo de su identidad. Desconozco si este fue su nombre o su apellido (creo que fue su apellido).

Impresionantemente grabado en la retina tengo a este anciano de cuerpo menudo y enjuto, casi podría decir que había sido marcado anticipadamente por la muerte, para una entrega inmediata a domicilio. Rostro pálido y nariz aquilina, el cabello largo, muy ralo y lacio le caía por las mejillas, mientras encorvado trabajaba sobre su yunque de platero, que instalado en una pequeña mesa, bloqueaba la entrada del modestísimo taller en los bajos de su casa.

Personaje central de lo que parecía ser un escaparate viviente, y muestra de una escena arrancada de cualquier judería de siglos pasados, en la que exhibía una mísera muestra de joyas, que muy tímidamente hablaban del oficio de su dueño.

Tan pobre y disminuido en extremo, que bien se lo habría podido tomar por una visión milenaria o como la encarnación misma del Ahsaverus, en su bíblico vagar por la Tierra hasta la consumación de los siglos.

Calleja estrecha esta de Las Peñas, donde alguna vez escuchamos el cálido arrullo de una nana, campo abrigado de juegos infantiles, vía de amores juveniles, de trompizas, de pujanza y forja de almas. Rincón de recuerdos hoy en ruinas, única vía que aún abraza al vecindario en íntima impertinencia.

Medidas ajustadas de la calzada, casas abigarradas y estrechez de distancia, que obligaban a la vida discreta, sosegada y calma. Placidez doméstica apenas disturbada por el crujir de maderas viejas o el rozar de tafetanes y encajes antiguos.

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Una de las peculiaridades de la calle causada por sus menguadas medidas –que seguramente se conserva todavía– eran los efluvios que diariamente emanaban de las cocinas.

Verdaderas fragancias culinarias que hablaban a gritos sobre el menú de todos los días y entregaban promesas gastronómicas al olfato atento y ávido paladar del pasante. Alguna vez sancocho, arroz con menestra, carne asada y maduros fritos, cariucho, cazuela u otra suculenta vianda típica que alegraba las mesas de los vivientes.

Todos ellos echaban a volar aromas estimulantes del apetito de los peatones y vecinos. Falta de amplitud de la calle y apretujamiento de casas, que siempre fueron motivo de profunda preocupación, pues el 'Incendio Grande', ocurrido en la madrugada del 6 de octubre de 1896, ya había consumido al barrio hasta los cimientos, desde La Planchada hasta incluir La Cervecería, extremos que siempre encerraron el ámbito total del barrio.

¡Cuántos recuerdos!, magia de tu aroma, olor a mirto, a tierra, a verdes algas, a ciruela madura, ollas de barro, a dulce de guayaba...

Y repartidamente entre tu cerro sembrado de ciruelas y de casas, y la anchurosa longitud del río poblado de canoas y balsas, transcurrieron mis años juveniles se plasmaron mis sueños y mis ansias. ¡Ternura larga de mis recuerdos que se pierde en el fondo de las aguas! Se han quedado en la cuenca de mi oído tus antiguos pregones, las mañanas se llenaban de cantos y de gritos “Pan de regalooo, pata lavaaaaa”...

Y te quedaste sola, para siempre estampada en mi mente y en mi alma. ¡Te habité tantos años! Y felices son mis recuerdos de tus viejas casas. Aprendí a meditar entre tus rejas y descubrí el amor en tus ventanas.

Por eso vaga aún entre los cuartos mi espíritu vestido de fantasma, y es mi larga ternura por sentirte un grito que me aprieta la garganta. Angosto patio de mi infancia tierna entre tus piedras se quedó mi alma. (O)

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