Un tren cargado de anécdotas

La parada de Chimbacalle sigue activa y guarda gran historia.
La parada de Chimbacalle sigue activa y guarda gran historia.
FOTO: Foto: Carlos Rodríguez/Medios Digitales

El tren de Chimbacalle es el ícono del barrio. No mencionarlo sería un error por lo que representa para este lugar, ubicado en el sur de Quito. Los vecinos del sector aún lo recuerdan en su etapa de funcionamiento.

A ‘Melenas’ solo le queda el apodo. Este hombre de la tercera edad, con el pelo gris, antes poseía una cabellera que le valió el sobrenombre por el que todos lo conocen. Fue empleado del ferrocarril durante 20 años, la mitad como telegrafista y la otra como jefe de terminales.

“Sacaba los trenes todos los días a full, arriba y abajo completamente llenos”, se acuerda. Su labor era promocionar el turismo para generar ingresos a la empresa. Se comunicaba principalmente con escuelas y colegios para invitarlos a asistir al ferrocarril.

La estación estuvo hasta 2010 idéntica a como Eloy Alfaro la construyó en 1908, previo a su remodelación, dice ‘Melenas’. “Le dábamos mantenimiento con limpieza, pintura y tratando de dar una buena presentación a los ferrocarriles ecuatorianos”.

Guido Jaramillo también laboró en el tren por varias décadas. Ingresó en 1955, como menor de edad; y se jubiló en 1985, casado y con cuatro hijos. Cuenta que la actividad diaria en el barrio era de 24/7. “Había un movimiento permanente y eso generó que hayan negocios, hoteles y cantinas”.

Jaramillo rememora las visitas del expresidente José María Velasco Ibarra. El mandatario era “valiente” para treparse en el techo del vagón sin vacilar o para trasladarse en los llamados carros de mano desde Alausí hasta Bucay.

Guido Jaramillo trabajo y se jubiló en el tren de Ecuador. Foto: Medios Digitales

Los empleados cumplían jornadas laborales exhaustivas. Todos los días trabajaban y, en ocasiones, completaban 24 horas seguidas de estar en la estación. “No había Día de la Madre, Primero de Mayo o Navidad, sino mucha disciplina”, dice Jaramillo.

El sonido del tren en el barrio era motivo de juego para los niños de la época. Daniel Gallardo cuenta que junto a sus amigos corrían para alcanzarlo antes de llegar a la terminal y montarse en él. “Nos daba la vuelta en la estación y nos llevaba hasta Chiriyacu”.

Los pequeños también jugaban con los ‘durmientes’ viejos (vías del tren), que eran apilados en torres similares al ‘Jenga’. Los niños armaban bases dentro de ellos.

“Ya estábamos acostumbrados a oír el tren”, menciona una vecina que prefirió no dar su nombre. Recuerda que la ilusión de sus hijos era viajar en el ferrocarril. Su esposo un día sacó vacaciones y los llevó a todos hacia Riobamba. “Fue muy bonito”, dice con nostalgia.

Ahora a los jóvenes y niños ya no se los ve en las calles. Como dice Fabricio Andrade, los chicos de su edad pasan dentro de sus casas o divirtiéndose fuera del barrio. Propio de los nuevos tiempos en los que al tren casi no se escucha. (I)

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